La posesión del humo

(1997)

 

I

Días de garrafa

 

Violeta. Violeta la del Born,
oficio sus labores,
carrer de Regomir, antes Comerç, antes Aldana
(así hasta doce), antecedentes tiene,
estado civil charnega (aunque no es cierto
y puedo hasta probarlo), valor tres mil,
pensión aparte.

 

Pido al cielo que la casa donde vives
caiga sobre ti, ¡rata piojosa!
que un matón te abra la cabeza y que tus hijos
te coman las entrañas,
e incluso así no pagarías, ¡hiena inmunda!
Me queda ese consuelo de saber que eres escoria,
pura escoria, negra escoria, sólo escoria
y que a tu muerte hace tiempo que asistí.
Brindo por ella.

 

Día del Libro

¡Maldita sea, acaba ya! ¡Muévete, vamos!
Enciendo un cigarrillo,
me acerco a la ventana.
¿Oye tía, no tendrás
una papela, algo de goma?
En la calle la cosa está animada:
el mismo frío, el mismo personal
buscándose los cuartos,
unos maderos tronchados con un paisa
al que obligan, pipa en ristre,
a tirarse a la farola.
La pava de la tele
tranquiliza. Libros, rosas,
la importancia del Cervantes
(este año se lo han dado a una cubana),
el rey sonriendo, como siempre,
a la parroquia...
Un charnego se acerca a preguntar
por el pescado
y la Palmira, con el cuento,
se lo sube a la pensión. Escucho aplausos.
Noches como ésta te abren el estómago.

 

Los cisnes no funcionan esta noche.
Pompeya, la gachí que escupe por sus mellas
la leche de cien Cristos, me pide cinco trompos
para un chute. El cajero se hace el duro
cuando metes la tarjeta.
Conoce los tatuajes, los pinchazos, estos morros
y no afloja ¡el muy pendón! ¿Le meto fuego?

 

II

La posesión del humo

 

Holly, la de las horas negras

Hoy, querido, me rozan los tacones
y la luz se va en lo mejor del polvo.
La lluvia muerde un corazón.
Mi coño admite tus tarjetas.

 

Para no caer desde el tercero
me agarro como puedo a las barandas.
Muerta, muerta, muerta, más que muerta,
me dices, ¡fantasmón!,
con estas ojerazas, hecha un asco,
y tú mientras corriendo
como Pernod por mis huesos.

 

¿Qué les hago?
Me flipan los vecinos: mato a sus perros,
ardo en sus pensiones y pago los recibos
de la luz y del descaro.
¿Qué les da?
Eran fiambres cuando vine:
muchos pasaron por aquí,
llegué a sus huesos. Les dejé,
¿quién se arrepiente?,
la rosa negra y el reloj, este reloj:
por cien francos de placer,
mon cher, nadie da más.
Déjalos ir, tú déjalos:
ya estaban muertos.

 

Porque vivir no es atarse la mollera con alambres
ni volar cuando más turbia está la noche,
sino mirar al cielo, desnudarse, ponerse a andar
pa cualquier sitio y calladito estás mejor,
corazón mío.
Vivir... vivir ¿es que estás ciego?

 

Me he pasado muchas horas
doblada como un perro,
agarrada a los lavabos.
Ellos, mientras, miraban hacia arriba
pa darle precio a este miura.
Es barato, ¿por qué no?
¿Dónde está el truco?
Irme de aquí, bah, ¡qué bobada!,
¿es que puedes elegir
con qué te acuestas?

 

La noche, cada noche
se queda en la alfombrilla,
apuro otro gauloise, otro café,
me quedo como muerta y me disfruto.
Un rayo de sol frota mi espalda
como un chico trasnochado y rencoroso.
Ésa es la luz que vuelve del festín,
la perra luz del día.

 

III

Razón de un cuerpo

 

No eres la mejor por haber perdido siempre
o por perderlo todo.
Ni más justa, ni más chachi ni más nada,
apréndelo.
Si acaso más estúpida y más mema
por dejar que esos pringaos
se vuelvan de rositas a sus nubes
después de ver multiplicado
tu coño en los espejos.

 

In memoriam M. R.

¿Joderte? ¿Para qué? Eres ya un muerto,
una piltrafa y tú lo sabes. ¿Si quiero más?
No, no quiero más, estoy cascada.
Hablabas de la muerte
de los dos, pero cariño, yo estoy viva,
podrida pero viva,
el muerto lo eres tú
y así le sirvas de papeo
a sus caniches.

 

Extranjera, ya, como los cuervos,
como esos chuchos que duermen en los puentes.
Para follar cualquiera es buena, Mademoiselle,
con tener el culo a punto vas que flipas:
lo dejas entallado entre las vías
y a esperar, esperar
que pasen talgos.

 

Hoy parece usado el mar,
como la estampa
que guardo en el bolsillo,
usados esos buques que la bruma
vuelve muebles, ramas, cuerdas.
Mientras las barandas brillen
y los niños corran por sus tablas,
todo será bueno. Pero es mejor acostumbrarse
a las jeringas, al vaivén del oleaje,
hasta ver aparecer al barrenero
y el mar recobre entonces
lo que es suyo.

 

Te quieren muerta, fiel, hecha unos zorros
y se acercan a ti para obtener consuelo
pasta o servidumbre.
Atraviesan los tabiques
y con humos te tantean.
Déjalos que paguen y se larguen,
que cuenten luego a los demás
lo bien que te lo montas.
En un negocio que comienza
es importante el boca a boca,
los detalles.

 

Hay noches en que llaga la cosa esta del río,
lo sientes como sientes que eres joven,
te preparas un café y el río sigue y sigue.
La noche deja en la ventana una luz calva,
un olor a engrudo y sólo queda el río,
ese río de peces asustados.

 
Copyright © Violeta C. Rangel

Todos los derechos reservados. Queda expresamente prohibida la reproducción por cualquier medio de estas poesías sin el permiso de su autor
 

[ Archivo ]  [ Violeta C. Rangel ]

[ Siguiente ]


Archivo de la poesía española reciente

Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado
www.abelmartin.com