Días en claro

(1995)

 

Palabras en la noche

Sigues igual. No cambias. Una vez más, delante
de esta noche que ahora cae limpiando tus ojos,
mientes y te dispones a expresar con palabras
lo que no encuentra forma y escapa al pensamiento:
esta emoción que brota dentro de ti y consume
toda tu vida, pura como un papel que arde.

Y aunque no ignoras que es trabajo inútil
dejar aquí un rendido recuerdo de esta noche,
que todo esto, que ahora parece eterno, acaba
sin que un poema, un gesto, lo condene o lo salve,

sigues igual, no cambias: sin vanidad, con miedo,
vas sellando su muerte, hasta que llegue el alba.

 

En una tarde gris

Mira adónde conducía
lo que tanto deseaste:

libros, versos, ejercicios
en la noche, para nadie,
te robaban de ese mundo,
te llevaban a esta tarde
que ahora miras cómo deja
su ceniza entre los árboles.

Qué lejos quedó aquel niño
que a solas quiso inventarte
y renunció, por su gusto,
a la brisa de la calle
para aprender este oficio
que no da a ninguna parte.

Al cabo de tantos versos
pocos quedan, sólo sabes
que hay detrás de cada día
otro día, y que, delante
del espejo, no distingues
al hombre del personaje.

Triste, borrosa, insistente,
lo dice todo esta tarde.

 

Fotografía de 1983

Éste soy yo en este cuarto
leyendo filosofía
a las siete de este día
de hace años.
Me reconozco
en esta sombra pasada;
estudiante
interrogando la nada
con el tiempo por delante.

Unos muebles, un espejo
—su reflejo—,
y en un vaso
hay una flor sin aroma
frente a una cama deshecha.
Fuera, la tarde se asoma
por una ventana estrecha:
la realidad y el deseo.
Y todo es, según leo,
como una copia mal hecha.

Éste soy yo que me escondo
de la vida
con la mirada perdida.
Éste soy yo con un libro,
enfrascado,
despistado,
sin saber por dónde voy.
¿Éste soy yo
o el que piensa que yo soy?

 

Meditación en Atlanterra

Nunca estás solo. La muerte te acompaña.
Va contigo a los cines y a los bares
y cuando duermes ella está a tu lado.
Nunca se cansa, como tú te cansas
de amarte, esta leal, esta sumisa
y dura compañera que te dice
en voz baja: «Eso es mío.» Y tú obedeces,
y le das un amigo o esa tarde
irrepetible de colegio y lluvia,
le das aquello que quisiste tanto.
Ella es luz y el aire que respiras.
Ella te dicta lo que ahora escribes.
Y cuando eres feliz, cuando la olvidas,
cuando dentro de ti ya no la sientes,
sufres. Te costó tanto acostumbrarte
a mirar con sus ojos lo que tiembla
un momento y se apaga, lo que tarde
o temprano será sólo derrota,
sueño y nostalgia suya.
                        No razones
su último rostro ni le tengas miedo.
Y agradécele ahora esta mañana,
este momento en un hotel vacío
cerca del mar, y el tiempo que te queda.

 

Copyright © José Mateos

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