Una extraña ciudad

(1990)

 

Mar

Ya no veré la tarde de un azul indeciso
resbalando en la playa, detrás del horizonte.
Con los ojos aquellos dorados de inocencia
no volveré a mirar los viejos muros,
ni el regreso de un barco
recalando en la bruma densa y gris de los muelles.

He perdido el camino que llevaba hasta el mar.
Y ni siquiera sé, para encontrarlo,
en qué rara ignorancia consistió el paraíso.

 

El otro

En un hotel cualquiera, frente a un espejo, solo,
vigilando de cerca todos mis movimientos
y leyendo un periódico atrasado
con ese claro gesto de haber dormido poco.

Y también en la incierta humedad de pasillos
y sótanos sin nadie,
con sombras que ocultaban su presencia
y azulejos pintados con obscenos
dibujos y palabras indecentes.

O en una estación llena de basura,
cuando al fin me di cuenta de que estaba acechando,
seguro de saldar aquella deuda,
aquel pacto que hice y no recuerdo.

Y, más tarde, en las mesas de algún bar de provincias,
prisionero en las salas de billares con humo
y en tabernas de un barrio miserable...

Tengo su mismo rostro y yo sé qué persigue:
suplantar poco a poco lo que fui, lo que he sido.
Ahora suenan sus pasos cada vez con más fuerza.
¿Y adónde podré ir para ocultarme?

 

Un final

No sé, pero he debido equivocarme
y hace tiempo que pago ese error cometido.
No quiero detenerme en los detalles:
han pasado los años, ha cesado el prodigio.

Después de esos errores se aprende alguna cosa:
que reina la mentira y que un poema, a veces
—sobre todo en las noches que nada nos importa—,
no es más que una costumbre indiferente.

Y por eso, vivir no es una fiesta
y aunque he sido dichoso, lo fui sin darme cuenta.

 

Copyright © José Mateos

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